La sombra de «El Gravat»

El rostro del terror cotidiano en la Barceloneta de postguerra

Per a los generaciones actuales, el nombre de «El Gravat» no nos dirá res, pero para aquellos que sobrevivieron a los décadas de los 40 y los 50, este mote evoca una realidad amarga: la de una represión donde el hambre, la pobreza y la por es daban la mano bajo la mirada vigilando de un poder policial arbitrario.

 

Quién era «El Gravat»?

Su nombre era Antonio Valentín y era un represor sin escrúpulos, temido tanto por niños, dones y hombres, des de la Barceloneta hasta Can Tunis pasante por el Barrio Chino, barrios de la Marina y Pueblo Seco, durante la posguerra, y que quedó incrustado a la memoria oral colectiva, como símbolo de la represión feroz que ejercieron los ganadores de la guerra contra los clases más desfavorecidas practicando una política de la por para obtener una represión asfixiante. Todo el mundo lo conocía con el sobrenombre de “El Gravat «, por les marques profundas que la viruela le había dejado al rostro durante la infancia y posiblemente era un más de los falangista prepotentes, que ganaron la guerra y que fueron recompensado con algún lugar dentro de los instituciones policial, en este caso dentro de la Guardia Urbana como agente de orden público, dentro de Vigilancia de Patrimonio, pistola al cinto y porra en la mano. Lo pare del escritor y antropólogo Xavier Theros, lo había visto a la terraza de su domicilio, en Sants, totalmente desnudo y empuñando su pistola reglamentaria en compañía de prostitutas.

 

Los escenarios de la represión

La actuación de » El Gravat» y su banda estaba basada en la presencia constante, paseando impunemente por las calles de los barriadas, el Puerto y los playas, creando un estado de miedo y estorción, a finales de ejerció un control social feroz y una crueldad institucionalizada sobre los clases más desfavorecidas. Su sola presencia o el nombramiento de su nombre hacía que las calles quedaran vacíos de niños, dones y hombres. En la Barceloneta centró-se impunemente, principalmente contra el estraperlo y la venda ambulante, que para muchas familias, era la única forma de sobrevivir en una Barcelona donde los alimentos eran racionados y los medicamentos inexistentes Se instalaba los pasos que conectaban el puerto con el barrio y es dedicaba a parar a todas les des que llevaban cestas de pescado, pan blanco o que escondían el tabaco bajo los faldas, echando los mercancías a tierra o denunciando-los si no le daban una parte del género.

Algunos testigos que hemos consultado lo sitúan en el Moll de Poniente donde esperaba las barcas que llegaban fuera temprano o con captures no declaradas para quedar-se una parte del género a cambio de no poner la multa. A la memoria oral de los viejos paradistas del mercado de la Barceloneta, el nombre del Grabado se asociaba a un policía que «siempre quería comer de balde».

Algunas veces irrumpía en gran velocidad, con su Ford gris, por las calles estrechas para dispersar los vendedores y decomisar género. No dudaba a utilizar veces, empujones y palizas para confiscar la mercancía y llegaba a ser tan mezquina que incluso sometía a la pobre gente que recogía «carbón de mar» (trozos de carbón que caían de los barcos por la posterior venda ambulante y sacar algún dinerillo, subsistencia pura) en la playa del Somorrostro porque le dieran parte del carbón recogido .Otro de sus fechorias era con los barraquistas del Somorrostro confiscando las maderas de los barcas viejas que los barraquistas usaban para construir las casas y se dedicaba a quemarlas allá mismo para evitar que se volvieran a utilizar, dejando los familias sin hogar. Pero lo contrario pasaba en la zona de Montjuic con los barrios de barracas, aquí topó con la población gitana que se organizó consiguiendo que no exerciera tanta presión. Lo encontraremos también en la zona de la Estación de Francia donde esperaba la llegada del tren Sevillano donde filtraba los recién llegados: Aquellos inmigrantes que en 50 llegaban des de pueblos huyendo de la miseria, se encontraban con este individuo, al cual denominaban el Picao, expandiendo su fama hasta el sur de la Península. Solo bajar del tren eran interceptados por él y su pandilla y si no podían demostrar un domicilio fijo o un contrato de trabajo, eran detenidos. Muchos eran enviados al Pabellón de Misiones de Montjuic para ser deportados después, en sus pueblos de origen en los llamados «trenes escoba». Del miedo que le tenían y su fama en toda España hacía que muchos saltaran del tren en marcha antes de llegar a la estación. Entre el mito y la degradación moral, quien mejor habla de este individuo fue Paco Candel, en sus libros, donde describía la vida de los barrios barraquistas.

 

Lo describe como el sherill absoluto y cazador de pobres

Una de los anécdotas más conocidas del personaje fue la de un grupo de pescaderas de Can Tunis, que hartas de sus abusos, lo aislaron y le clavaron una paliza histórica utilizando grandes pescados congelados como porras improvisadas. Esta anécdota, representa el único lenguaje que este personaje entendía: la fuerza bruta. Como la que aplicaba frente la comunidad gitana del Somorrostro, la zona de Can Tunis o Montjuic. El Gravat era el sheriff absoluto. Candel explica detalles concretos de su manera de actuar: Tenia la habilidad de detectar “el ruido del albañil”. Los inmigrantes intentaban levantar los barracas por la noche porque la ley decía que, si había techo y fuego encendido, no es podían derrocar inmediatamente. El Gravat aparecía a la oscuridad como un fantasma para echarlas a tierra antes de que estuvieran acabadas. Su crueldad llegaba a extremos de dejar que la familia acabara la barraca con todo el esfuerzo y cuando estaban a punto de poner el techo, él aparecía con la maza y les obligaba a ellos mismos a destruirla. Desapareció de las calles en el momento que sus actuaciones empezaron, en los 70, a ser un problema por el Ayuntamiento, dejando detrás suyo el récord de una época donde la dignidad de los más vulnerables dependía del humor de un hombre con la cara marcada y un uniforme con demasiado poder. » El Gravat » no protegía el ciudadano; su misión era, sencillamente, mantenerlo sometido.

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