Un año en Las Damas

1977, Cuando dejamos de rezar y empezamos a reír

En la Barceloneta en estos cerca de tres siglos de vida ha habido muchas carencias, pero nunca han faltado escuelas. La mía era el colegio público Virgen del Mar. Estaba en un edificio grande como un castillo de piedra de color gris y con ese aire solemne, incluso oprimente, que tenía la educación durante el franquismo, que tenía por lema pedagógico: “La letra con sangre entra”.  Había en clase un retrato de un señor calvo que mi abuelo decía, bajando la voz, que era el caudillo, aunque yo no supiera qué profesión era esa. Cuando estábamos en tercer curso se murió y, debió ser para celebrarlo, nos dieron dos semanas de fiesta. Pero nuestra vida escolar no cambió enseguida con la muerte de Franco. En cuarto curso seguimos teniendo los mismos profesores del bigotito estrecho. Una clase consistía en pasar la tarde copiando a la libreta palabra por palabra un capítulo entero del libro de texto mientras el maestro leía el periódico. Por Navidad mi madre le seguía llevando al director, el señor Chamorro, que era un hombre muy educado, una botella de coñac comprada en la Bodega Fermín. Seguíamos yendo niñas y niños separados. Al entrar por la mañana seguíamos rezando antes de empezar la clase.

Para el quinto curso había que hacer obras en el colegio y nos enviaron otras instalaciones: el edificio de un antiguo colegio en la calle Rector Bruguera al que todo el mundo llamaba Las Damas. Yo pensé entonces que tendría algo que ver con el juego de fichas redondas de las damas.  Fue muchos años después que supe de la existencia de la Muy Ilustre Junta de Damas de Barcelona, una organización benéfica fundada a mediado del siglo XIX por señoras de la alta sociedad dedicada a fomentar la educación de mujeres y niños con problemas económicos. Una búsqueda en la Gaceta Municipal de Barcelona de 1947 permite seguir su trabajo en nuestro barrio: “Conceder a la Escuela de Nuestra Señora de la Concepción, de la muy ilustre Junta de Damas, instalada en la calle del Rector Bruguera, nº 4, Barceloneta, la consideración de Escuela protegida, y que, como ayuda económica a la misma, el Ayuntamiento tome a su cargo el pago del consumo de fluido eléctrico de esta Escuela, que asciende a 600 ptas. anuales”.

Damas de la alta sociedad, nunca íbamos a ver durante ese curso. No había allí nada muy aristocrático. Que estuviera encajonado entre los otros edificios, que las aulas fueran pequeñas, que la vieja estufa eléctrica apenas calentara nada, nos daba igual. Pero teníamos una preocupación: ¡Aquí no hay patio! Y enseguida se sumó una segunda preocupación: ¡Cuidado! ¡Niñas en nuestra misma clase!

Las chicas eran un misterio. En lugar de jugar a fútbol o a pelearse, jugaban a enlazarse unas gomas entre las piernas o a la charranca, saltando dentro de unos recuadros de tiza como si bailaran. Eran del barrio, pero eran de otro mundo. 

La incógnita de dónde íbamos a tener el recreo se resolvió enseguida: el patio estaba en el terrado del edificio. Era mucho más pequeño que nuestra pista del Virgen del Mar (La Repla) y habían puesto un cerramiento de red para que no fueran a la calle las pelotas. Te daba la sensación de estar en una jaula de periquitos.

Pero hubo algo aún más extraño aquel año en que dejamos de rezar a la entrada de clase: Nuestro nuevo maestro se llamaba Pedro. Y eso era muy raro. ¡Rarísimo! Los de antes se llamaban Señor García, Señor Palop… pero este nuevo maestro se llamaba simplemente Pedro. Era joven y nos decía que lo tratáramos de tú.

Un día había una excursión planificada y llegamos a clase con la cantimplora de aluminio y los bocadillos, pero se puso a llover y hubo que suspender la salida al campo. En lugar de ponernos a hacer clase, Pedro dijo que sería un día de actividades. Hicimos manualidades, comimos los bocadillos en la clase como si estuviéramos en una casa de colonias y por la tarde algunas chicas se animaron a cantar. Loli se puso en mitad del redondel de sillas y cantó de manera apasionada una canción muy romántica de Umberto Tozzi. ¡Me encantó que en la clase hubiera chicas!

Un día Pedro dijo que iba a leer en voz alta un fragmento del libro de texto de Literatura (era el  “Senda” de la editorial Santillana). ¡Nada menos que de El Quijote! Resoplamos ante el tostón que se nos venía encima. Pero empezó a leer haciendo voces distintas para cada personaje de manera muy divertida, como si lo escucháramos por la radio. En cierto momento, leyó sobre una mujer que se hacía pasar por princesa de “el reino maricón” y todos nos quedamos de piedra. Al momento, se echó a reír a carcajadas.  “¡No! ¡Es el reino Micomicón!”.  Y ahí descubrimos que los maestros también podían reír. Y reímos todos. Tantos años después, me siento muy agradecido a aquel maestro tan humano, Pedro del Olmo, que me enseñó que la letra, con risa entra.

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