Cròniques de l’ostia

Barcelona es especial.

Es un día cualquiera de primavera, mi amigo Agustí y yo hemos salido del barrio como cada mañana de sábado para hacer un café.
La Barceloneta a veces resulta agotadora, tanto el cuerpo como la mente nos piden un cambio de aires y de ambiente. Así que, con nuestras LeicaM6 colgando del hombro, decidimos dar un tumbo por el Gótico, atravesando plazas y callejones buscando una cafetería donde poder sentar y hacer estallar la charla mientras tomamos un capuccino.
Tenemos muy claro que el barrio es el lugar más adecuado para sentar y almorzar.
Además del centenar de bares de tapas que saturan nuestras calles, tenemos un montón de granjas y pastelerías de calidad, punto de encuentro no solo de gente de Barcelona, sino de todas partes. Sobre todo de turistas jóvenes que ocupan desde primera hora del mate las tablas de las terrazas, con sus ordenadores mientras consumen un café solo y, con suerte, un cruasán -sobre todo el fin de semana-.
Después de intentar tomar un cortado al “Mesón del Café”,en la calle Llibreteria, sin conseguirlo -lo hemos encontrado cerrado-, entramos al “Café Cappuccino” que hay a la esquina de Jaime I con vía Laietana. La plaza de Àngels está bastante concurrida de gente, la mayoría turistas, pero por suerte dentro de la cafetería no hay demasiada clientela.
Sentamos a la barra, mi amigo A.C. saca el diario -el País-, y empieza a leerlo, aislándose de un entorno repetitivo que no le aporta nada de nuevo. Yo, al contrario, no pierdo detalle, pienso que cualquier lugar es bueno para hacer una buena foto, pero lo entiendo, la A.C. ya lo ha fotografiado todo en esta ciudad, ninguna imagen ni situación lo sorprende. Preguntamos dos cortados y, mientras él devora El País, yo me fijo con una pareja de jóvenes que acaba de entrar. Podían tener 16 o 17 años como mucho, cabello rubio, ojos azules, deben de ser holandeses, llevan la bandera de este país cosida a la chaqueta. Se sientan al final de la barra, a unos 10 metros de donde estamos sentados nosotros. Me parece observar de reojo que discuten en voz queda sobre el que quieren zampar mientras observan todas las pastas que hay a la barra. El camarero se los aproxima con una libreta y un bolígrafo y les pregunta qué tomarán, el chico, con un español salvo el diccionario que todavía conserva abierto en la mano, pregunta:

–“¿Cuánto cuesta dos cafés cono leche y dos cruasanes?”

– “Ocho euros” -contesta el camarero.

Los jóvenes, un poco avergonzados por una situación que les supera, empiezan a vaciar los bolsillos y a poner todo de monedas sobre el azulejo, las mueven y las mezclan agrupándolas por su valor y tamaño con la esperanza que el poder adquisitivo de estas aumente. Después de un minuto que se los hace eterno, y consultando de nuevo el diccionario, le preguntan al camarero:

–“Dos cafés miedo favor”.

El empleado ni siquiera se molesta al tomar nota, se retira camino de la cafetera que saca vapor a la otra punta de la barra como si reclamara la atención que se merece después de tanto rato sin dar servicio.
Cuando el camarero pasa ante donde estamos sentados el A.C- y yo, lo paro.

–Perdone, puede servir los dos cafés con leche y los dos cruasanes a los nanos que están sentados al final de la barra? Les dice que les invita la casa y me lo cobra a mí.

El hombre, con el gesto impávido del que ya lo ha vivido todo desde el interior de la barra, no contesta, hace un movimiento de jefe afirmativo y sale adelante el encargo. En todo este rato el A.C. ni siquiera levanta la vista del diario. Me consta que se da cuenta de todo, pero la noticia del resultado del partido Barça-Real Madrid requiere toda su atención, es consciente que estoy metido en algún merder, pero entiende que, como siempre, me puedo salir a solas.
El camarero deposita los cafés con leche y las dos pastas sobre el azulejo ante los chicos que, asustados y avergonzados, intentan decirle al hombre que se equivoca, pero el camarero, con tono paternalista, les tranquiliza diciéndoles que invita la casa.
La pareja no se lo acaba de creer, en todo el tiempo que llevan viajando con la mochila a las espaldas no habían recibido un trato tan cordial y generoso por parte de la gente en ninguno de las ciudades visitadas hasta entonces.

Barcelona es especial, la fama de rácanas con la cual etiquetan a los catalanes está totalmente infundada, cuando vuelvan a su país hablarán maravillas de nuestra ciudad y de sus ciudadanos, colgarán sus comentarios en las redes sociales y recomendarán nuestra ciudad recalcando el carácter amable y generoso de las personas que lo habitan. Todo esto por el coste de 8 euros.
Las agencias de turismo, los comercios y las instituciones se gastan millones al promocionar la ciudad con eslóganes gastados y publicidad aburrida y falsa que no cree nadie. No necesitamos acontecimientos tipos Copa América para proyectar nuestra ciudad en todo el mundo. El boca a boca, los relatos de las anécdotas, las vivencias de los visitantes, turistas o no, es el que propaga la verdadera imagen del que es Barcelona en realidad.
Nuestro comportamiento con la gente que nos visita y el trato que damos a las personas que tenemos en acogida será el que determine la clase de personas que somos.
El turismo no es solo un negocio. Hay un “quid pro quo” que nos hace desear recibir el mismo trato cuando viajamos al extranjero. Todos sabemos que lejos de casa somos más vulnerables.

Salimos del “Café Cappuccino” satisfechos. Yo pensando al viajar con mi Mercè en Ámsterdam para amortizar la inversión de mis 8 euros y el A.C. con El País plegado bajo el brazo sonriente por el 5 a 0 del Barça-Real Madrid.

Barcelona es buena… siempre.

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