Silbidos de libertad

Delfines en la playa de la Barceloneta

Los inviernos de antes parecía que no terminaban nunca. Cuando andábamos por la playa dando tumbos sin ton ni son y llegábamos a la altura del Hospital del Mar, llamaba la atención un cajón de cemento que se adentraba en la arena. Decían que dentro había una tubería que llegaba hasta el mar y conectaba con el zoo del parque de la Ciudadela para llevar agua salada a los delfines. ¡Otra de esas historias imaginarias del barrio!

Una tarde de esas de domingo en la que el aburrimiento era tan espeso que podías cogerlo con las manos, me fui hasta la orilla del mar a tirar piedras. Alguien me silbó y me giré, pero la playa estaba vacía. Tampoco había nadie apoyado en la barandilla del Paseo Marítimo. Pensé que serían esos pitidos en el oído de cuando hay mucho silencio.

Entonces, volvieron a silbar.

Un silbido continuo, más agudo a momentos, pero que se oía amortiguado, como si viniera de lejos. La playa vacía, el ambigú del Centro de Deportes cerrado hasta el verano siguiente, el cajón de cemento de esa cloaca rectangular… ¡Era ahí! Los silbidos venían de ese cajón de cemento. Y no paraban, eran como la radio de mi abuelo cuando perdía la sintonía del Carrusel Deportivo.

Me acerqué y puse la oreja. Los oía más fuerte. Empecé a oír otros pitidos, como si alguien hablara a silbidos, pero esta vez venían del mar. Enfrente nadie se bañaba con ese frío y esa agua revuelta, ni había barcas a la vista. Lo que vi saltar entre dos olas fue la silueta de piel brillante de un delfín. Se alzó sobre al agua y volvió a meterse con la gracia de una bailarina.

Del tubo de cemento llegaron silbidos aún más fuertes. Y desde el mar fueron respondidos con otra pirueta de alegría. Me di cuenta de que la historia del conducto que llevaba agua de mar al aquarium de los delfines del zoo era verdad. Pero aún me dejó más asombrado darme cuenta de que aquellos dos delfines se estaban hablando. Por la forma en que el que estaba en libertad saltaba de alegría cuando escuchaba lo que le decía el que estaba en el zoo, me pareció que era el encuentro entre dos enamorados.

Al salir del colegio, me iba algunas tardes hasta la playa a escuchar la conversación de los delfines. En uno de los episodios del programa Mundo Submarino del Comandante Cousteau supe que cada delfín crea un sonido único en sus primeros meses de vida que funciona como su propio «nombre» para llamarse a distancia y que a través de chasquidos y silbidos se comunican incluso los estados de ánimo.

Tantas veces fui a escucharlos, que hasta me aprendí algunos de sus silbidos y cuando iba de camino al colegio, los iba tarareando. Para mi cumpleaños pedí de regalo ir de visita al zoo. En cuanto cruzamos aquella verja metálica que era como el costillar de un oso, me fui corriendo al delfinario y coger sitio abajo para el espectáculo. El entrenador, un hombre atlético en bañador, explicó que en aquella piscina (él la llamó tanque) cabían dos millones de litros de agua salada. Con razón necesitaban una tubería tan gorda que llegara desde el mar.

Al principio me encantó ver saltar a los delfines para golpear una pelota a muchos metros de altura con la cola o pasar con precisión milimétrica por un pequeño aro. El entrenador premiaba cada acrobacia con pescados que tenía en un cubo. Después empecé a darme cuenta de que los delfines allí no silbaban. Saltaban y daban volteretas para ganarse la comida, pero estaban callados. No tenían la alegría de aquel delfín que yo veía saltar en mar abierto.

Silbé aquella manera que tenían ellos de silbar. Seguro que lo hice muy mal, pero aun así, uno de los delfines se detuvo y volvió la cabeza hacia mí. Entonces, dio un salto y una pirueta como no se le había visto dar en el espectáculo. El entrenador, un poco enfadado, lo apremió para que se retirase de la piscina.

Llegaron las vacaciones, un viaje al pueblo donde todo era calor, secano y mantecados caseros. Al regresar en el tren, leí un titular en La Vanguardia decía que que había entrado agua contaminada en la tubería de los delfines del zoo y que había riesgo de que se envenenaran. No era de extrañar, dada la cantidad de mierda que salía por la desembocadura del Bogatell.

Cuando pude ir a la playa no escuche silbidos. Vi dar vueltas entre las olas al delfín que esperaba un mensaje que no llegaba. Le silbé en su idioma, pero no respondió. Estuvo así semanas, dando vueltas en el agua frente al cajón de cemento silencioso. Un día, silbé al delfín solitario y me silbó un chillido de tristeza. Después, lo vi nadar mar adentro y nunca regresó.

En 2015 se prohibieron en Barcelona los espectáculos de delfines en el zoo. Los delfines que quedaban, nacidos en cautividad incapaces de vivir en mar abierto, fueron enviado a otro zoo con mejores instalaciones en Atenas. Las instalaciones del Aquarama se derribaron definitivamente en 2022.

Sigo viviendo frente al mar. A veces, en las noches de invierno, escucho silbidos en la oscuridad.

Más artículos

Nacho Cabana

Guionista y escritor Los vizcainos tienen una célebre frase popular que dice que “los de

Proyecto Nereida

Remo al servicio del sistema de salud El Proyecto Nereida es una iniciativa pionera en