Y si no los hubieran derruido…

Ajuntament de Barcelona

En 30 años las cosas cambian mucho y, si miras fotos antiguas, verás que las personas aún más. Pero aquí no toca deprimir a nadie.

Sólo se pretende echarle un poco de imaginación y pensar en lo que se podrían haber convertido nuestros merenderos si hubieran conseguido mantenerse en pie hoy, tres décadas después.

Como la mayoría de nosotros, tendrían que haberse reinventado.
Porque ya no les bastaría con dar de comer o cenar; tendrían que proporcionar experiencias a poder ser multisensoriales.

Las paellas serían servidas entre bengalas por camareros con mucho músculo y menos ropa y alternar en la carta las gambas al ajillo con imaginativas recetas flexiterianas. ¡Que nos debemos al Instagram!
Al recordado Bernardo Cortés se le habría sustituido por algún renombrado DJ y los selfies con morritos hace años habrían jubilado a nuestro mítico retratista Manel Canetti.

En fin, ríete tú del Ushuaïa ibizenco. Todo influencer, participante de reality o consorte de futbolista, se mataría por una mesa en el privée – espacio imprescindible en todo local que se precie – del merendero de moda. ¡Qué nivelazo!.
Y todo en el barrio. Al lado de casa. Al alcance de la mano pero no de todo bolsillo, sin duda.

Pues eso pudo ser lo que robó -o ahorró- la maldita o bendita Ley de Costas que bajo el proyecto orquestado por las Olimpiadas del 92 ordenó el derribo de los merenderos ya hace más de 3 décadas. ¡Cómo pasa el tiempo!… que no el recuerdo.

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