Un verano no acto para cardíacos

Enhorabuena si estas leyendo estas líneas. Enhorabuena porque querrá decir que has sobrevivido a uno de los veranos más intensos que se recuerdan desde que -como dicen- existen registros.

Estrecho de Ormuz. 40º de calor en junio. Visita del Papa. Incendios. Políticos patrios y no patrios más “traviesos” que nunca. Terremoto en Venezuela. Seguimos con 40º en julio. Pasamos por fin de cuartos y ganamos el Mundial. Más incendios. Subidas varias: IPC, gasolina, cesta de la compra y, si se te ocurre viajar, el avión, el hotel y hasta la caña del chiringuito. La irrupción masiva de Ceuta. 40º en agosto. Lluvias torrenciales. Terremoto en Colombia y desbordamiento en Nepal. Sin olvidar que sigue lo de Ucrania y lo del Cercano Oriente en ebullición. Y por si fuera poco, ¡hasta un eclipse!. Aunque al cierre de esta edición al menos no hay noticias de aterrizajes de ovnis o nuevas apariciones marianas. Porque solo nos faltaría eso.

Donde han quedado aquellos monótonos veranos en que lo más noticiable eran los fichajes futbolísticos o el posado de la Obregón. Aquellos veranos de verbenas, de las dos horas para hacer la digestión antes de bañarte, de algún ligue de verano si había suerte, del hit de Georgie Damm y, en el barrio, de las 24 horas de la Repla.

¿Qué si se echan de menos?. Ni se ni importa. La nostalgia es mentirosa y sobre todo inútil. Pero lo que si se agradecía de aquella a veces hasta aburrida monotonía es ese “no pasa nada”, o muy poco, que realmente te permitía desconectar, recargar pilas pero de verdad. Sin móviles ni redes sociales; con familia, con amigos, con risas…

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