¡Que vienen Reyes Magos!
¡Qué ilusión y qué nervios! Era la noche más mágica. La que nos mandaban pronto a dormir y no teníamos sueño. Había que dejar agua, pan y paja o heno para los camellos, y un poco de vino dulce y pastas para sus Majestades. También los zapatos fuera porque nos reconocieran. Nos mandaban a dormir y siempre intentábamos esperarlos despiertos, pero al final el sueño nos vencía.
Y al despertar íbamos corriendo para ver qué nos habían dejado.
Unas pistolas con la cartuchera y el chaleco, una pelota; y a las chicas una muñeca, cuerda para saltar y ropa para cambiar a la muñeca. Después salíamos fuera a la calle para jugar con nuestros amigos y amigas. Recuerdo un año que me llevaron un coche teledirigido, un “Tiburón Payá”, con dos metros de cable y el mando con volante al final del cable.
Lo pasábamos genial con poca cosa. Además, siempre teníamos la calle…cuando era nuestra.







