No parábamos de decir esta frase desde el agua , con la cabeza fuera y sacudiendo la mano derecha en el aire los movimientos de uno portero de waterpolo.
Los visitantes barceloneses y los extranjeros se quedaban parados viendo aquellos chavales con lo suficiente trabajos de diez años que eran capaces de recoger del fondo las monedas de diez céntimos que los arrojaban a las aguas turbias del puerto . Ellos se lo pensaban , que las cosechábamos del fondo , pero en realidad lo que hacíamos era pescarlas justo cuando atravesaban el agua y entonces ente sumergíamos un par de metros con la moneda en la mano para reaparecer todo seguido y enseñarla a aquel grupo de hipócritas , que, lejos de hacer caridad , lo que les movía era la morbosa posibilidad de que alguno de aquellos niños «miserables» se ahogara , aunque fuera para poderlo explicar a las suyas amodorradas tertulias de gente rica, o delante de la mujer y los hijos , incrédulos ante un relato que él se esforzaría en hacer tan dramático cómo los de las películas de Buñuel ( otro personaje distinguido que seguro que en su día también debía lanzar los diez pepinos en las aguas del puerto ).
Florinda esperaba derecha en el muelle con algunos chavales que les asustaba más el frío y se amaban más saltar cuando lanzaran la moneda, para hacerlo , de paso , más espectacular. La turistalla y los acelgas barceloneses trataban de lanzarla cada vez más lejos para hacérnoslo más difícil, pero nosotros éramos muchos y entes podíamos abrir en forma de abanico , por lo que abarcábamos fuerza espacio . A la Florinda le tiraban muchas porque sabían que era una niña, llevaba unos calzoncillos (de su hermano , supongo ) y se tapaba con una toalla que dejaba caer en el momento de saltar, para satisfacción de los caritativos pedófilos , que por cuatro reales podían disfrutar de uno espectáculo que en otros circunstancias los debería lado mucho más caro.
Después de uno mañana en remojo podíamos llegar a recoger una peseta cada uno , aunque Florinda se hacía el doble. Solíamos zambullirnos en el M oll de Llevant, justo entre la torre del teleférico (que en aquella época estaba cerrada) y el avarador . El espectáculo se acababa cuando ente hartábamos de enjuagar agua sucia o aflojaba la generosidad de los donantes y sólo quedaban los fotógrafos , que no tiraban ni cinco porque seguramente los hacían más falta que a nosotros y esperaban que un reportaje fotográfico cómo aquel alguno día se convirtiera en un archivo histórico y lo hay pudieran sacar un buen pellizco .
* Extracto del libro Crónicas de la Ostia . Barceloneta 1949-1992.









