Los Cementerios

Antes de la construcción de los cementerios fuera de la ciudad, la gente se enterraba dentro de los iglesias o a su alrededor, dependiendo de la clase social: los clases altas lo hacían dentro de los temples, mientras que el resto de la población, lo hacía a los fosas o a los cementerios parroquiales, normalmente situados alrededor del edificio eclesiástico. Así se había hecho des de hacía muchos siglos. El pensamiento imperante era que, cuanto más cerca de la iglesia fueras enterrado, más cerca de Dios estarías una vez muerto.

 

Un nuevo cambio de mentalidad

A finales del siglo XVIII, esta mentalidad cambió a causa de la entrada, a nuestro país, de las corrientes higienistas procedentes del norte de Europa. Estos, fruto de los adelantos de la medicina y la ciencia —con el descubrimiento de los virus y las bacterias—, pusieron de manifiesto la necesidad de velar por la salud de los ciudadanos con la creación de estudios sobre los diferentes espacios urbanísticos y ecosistemas poblacionales, juntamente, con las costumbres y los hábitos de la gente: el que bebían, si el agua era de calidad, el que comían, la higiene del cuerpo, lo aire que respiraban, si los cases tenían ventilación, los horas de trabajo y de descanso, etc. Esto condujo, en un futuro, al diseño de ciudades más abiertas y con más espacios verdes, donde hubiera un sistema de alcantarillado adecuado, unes edificaciones con ventilación y luz y la construcción de posibles focos de contagio bien lejos de los ciudades. Es por eso que los cementerios parroquiales fueron los primeros espacios estudiados, porque enseguida fueron considerados espacios de putrefacción, de contaminación, de insalubridad y de posibles focos de transmisión de epidemias peligrosas para los habitantes de los ciudades amuralladas y es buscaron lugares alejados y deshabitados, fuera murallas, y a menudo en lugares donde hubiera actividades económicas contaminantes (como mataderos) o cerca de vertederos por construir-els.no pensamos que este cambio de mentalidad fuera fácil y rápido. Hubieron-* muchas reticencias y desconfianza por parte de los feligreses, que no veían con buenos ojos enterrar sus muertos lejos de la ciudad y de la protección eclesiástica. No dejaba de ser una mentalidad profundamente arraigada des de hacía siglos que, con el tiempo, la sociedad no tendría más remedio que aceptar.El cementerio de la iglesia de San Miquel del Port. No hay indicios que la iglesia de San Miquel del Puerto dispusiera de su propio cementerio en el momento de su construcción. Aun así, es lógico pensar que, dado que todas los iglesias de la ciudad contaban con una necrópolis propia, a edificar-se la iglesia de San Miquel del Puerto en 1755, es destinara un espacio para enterrar los vecinos que dependían de la parroquia. Probablemente, este espacio es encontraba detrás del edificio de la iglesia, a la parte que mujer en la calle Balboa, donde actualmente se expone la figura del “Negro de la Riba”, pero algunas fuentes han llegado a insinuar que existía algo pareciendo a un cementerio, junto al edificio eclesiástico, mirando hacia la calle Maquinista. Desgraciadamente, no existe ninguna documentación que lo certifique cien por cien, ni se han encontrado restes procedentes de exhumaciones. Por lo tanto, no podemos asegurar que existió, solo lo podemos intuir.

 

El primer cementerio extramuros

El año 1775 hubo un primer intento de construcción de un cementerio extramuros en la ciudad de Barcelona. Fue promovido por el obispo José Climent Avinent (1706-1781), uno de los primeros defensores de las corrientes higienistas a nuestro país y que contribuyó a su difusión. Su lucha es basó en la transformación del aspecto urbanístico de la ciudad para eliminar los espacios potencialmente peligrosos. La primera noticia que tenemos sobre la construcción de un cementerio fuera de la ciudad hace referencia en 1791, ubicado en unos terrenos despoblados, muy cerca de la playa, entre los almacenes que servían de matadero, situados donde labra está la calle Balboa, y el antiguo Lazareto, más o menos donde hoy se levanta el Hospital del Mar, que por aquellos años y por una epidemia de fiebre amarilla que sufrió la ciudad, es edificó un lazareto de manera provisional en aquellos terrenos. Este cementerio es utilizó como osario para los restos exhumadas de otros cementerios y para enterrar a los pobres que morían en el Hospital de Santo Pablo y la Santa Cruz. Sabemos que en 1807 es encontraba en estado lamentable, casi abandonado, posiblemente a causa de su desvinculación eclesiástica y de su ubicación alejada, pero no tenemos que olvidar la reticencia de la población urbana que seguía fuertemente marcada por la religión y por unes creencias seculares que dificultaban normalizar los entierros fuera de los lugares de culto. El año 1813, los tropas napoleónicas acabaron de destruir este cementerio, del cual no queda ningún resto. Hay poca documentación que haga mención de este primer cementerio fuera muralla, pero es curioso que en la Barceloneta, a sus inicios, hubiera una calle con el nombre de la “calle del Cementerio”, que posteriormente, y no sabemos si para contradecir el nombre anterior, es cambió en Calle “ Alegría” y, actualmente lleva el nombre de “Calle Andrea Dòria”. Por la situación de la calle, que parte de la Repla o de la parte posterior de la iglesia hasta el Paseo Marítimo, su nombre podría hacer referencia al antiguo cementerio de la parroquia de San Miquel del Puerto, o bien señalar el camino para ir hacia aquel cementerio que el obispo Clemente construyó. El año 1818, los teorías del obispo Clemente es vieron, por fin, realizadas, y es aprobó la construcción de un cementerio fuera de la ciudad: el Cementerio de Poblenou, conocido como “Cementerio del Este”, inaugurado el año siguiente (1819) por su predecesor, el obispo Sitjar, y fue considerado el primer cementerio municipal situado extramuros. (23 de septiembre de 1801) – López Sopeña, Antonio.

 

La fiebre amarilla de 1870

La ciudad de Barcelona, y más concretamente la Barceloneta, sufrieron siempre epidemias de cólera, peste amarilla o tifus en los siglos XIX y XX. Una de los más significativas y documentadas fue la fiebre amarilla del 1870. A finales de agosto empezó a correr el rumor de una enfermedad que afectaba algunos vecinos, procedentes del barco Maria, llegado al puerto el día 26 de agosto, des de La Habana. Así pues, la epidemia es inició al puerto y es extendió por las calles de Santo Telm y Pescadores, en aquel momento sin alcantarillado y con viviendas viejas y masificados. Uno de los primeros conflictos que surgió fue el lugar donde enterrar los muertos procedentes de los barcos, hecho al cual el alcalde del barrio, Eduard Reig, se opuso por el peligro sanitario que podía suponer. Finalmente, se decidió hacerlo por la noche y con todas los mesures de protección posibles para evitar lo contacte con la población, en un lugar apartado cómo podía ser la playa y cubiertos con cal viva. Cómo vemos, en casos extremos, es buscaban lugares improvisados para apartar los muertos del resto de ciudadanos.

En septiembre, ante la magnitud del brote, la Junta Provincial de Sanidad decidió desocupar el barrio. El 20 de septiembre, ochocientos vecinos pobres de la Barceloneta fueron trasladados a la colonia sanitaria de Montalegre, situada a la Cordillera de Marina, cerca de Tiana, con capacidad para dos mil acogidos. El 22 de septiembre, el Ayuntamiento y la Junta de Sanidad ya ordenaron el desalojo forzoso de la Barceloneta, obligando los vecinos a librar los clavos a su alcalde. El 5 de octubre es prohibió la entrada en el barrio, y no fue hasta el 17 de noviembre que es empezó la desinfección de calles y edificios. Por fin, el 1 de diciembre los vecinos pudieron volver a los suyos hogares. Mientras tanto, los vecinos que fueron a parar a la colonia sanitaria de Montalegre fueron atendidos y curados, pero no es pudo evitar que algunos murieran y fueran enterrados en un cementerio propio de la colonia, que denominaban “de los apestados”. Actualmente, a pesar de estar abandonado, se puede visitar y acercarse a un monumento dedicado a los víctimas, con la inscripción: «Colonia de Montalegre. El Ayuntamiento de Barcelona a las víctimas de la fiebre amarilla, 1870.»Por la documentación consultada, sabemos que en este cementerio reposen 76 vecinos de la Barceloneta, muertos por la fiebre amarilla, pero a causa del mal sido de los tumbas no es voz ninguna inscripción y eso hace imposible saber donde fueron enterrados.

 

Un entierro laico

En el diario La Independencia del día 2 de diciembre de 1871 encontramos la siguiente noticia que nos hace referencia en los cementerios. El año 1871, el 2 de diciembre, el vecino de la Barceloneta Àngel Lucas Andreu, intérprete de lenguas sueca, noruega y rusa, casado con Aurora Dols Boracino, y residente en la calle Baluarte, 34, primer pis, perdió un hijo de once meses, denominado Plinio Lucas Dols. Àngel Lucas era un hombre republicano federal, librepensador y defensor del ateísmo y la razón, y quiso enterrar su hijo al cementerio del Poblenou, donde poseía un título de propiedad y disponía de un certificado del Juzgado Municipal que así lo certificaba. A llegar, el presbiterio del cementerio de Poblenou, Josep Fillol, le exigió una autorización eclesiástica para poder realizar el entierro. A negarse a hacerlo, se le denegó el uso de su tumba familiar y el niño fue dejado en una sala insalubre conocida como “Sección de Republicanos y Librepensadores”, donde fue enterrado. Àngel Lucas acuió a los juzgados para denunciar el que consideraba una vulneración de su derecho de propiedad, reclamando : “Y resuelva la manera de poder cada ciudadano hacer uso de su legítimo derecho de propiedad, derecho al parecer desconocido por los empleados del culto católico.” El caso no fue único: ya existían otras denuncias hacia la persona de Josep Fillol, como la de Josep Forest Prades, carpintero, vecino de la Barceloneta y también republicano federal, que sufrió un caso similar con el entierro del suyo nadó, un año antes. Josep Forest había denunciado al señor Ahijado, en mayo del año anterior, por haber enterrado su hijo, uno nadó de pocos meses, en este caso al cementerio de abortos, junto con más de ocho cadáveres de niños, en lugar del nicho familiar. Josep Forest consiguió, finalmente, abrir la tumba y enterrar su hijo al nicho familiar. Las denuncias contra Ahijado se basaban en el desconocimiento del derecho de la propiedad y en la negativa a permitir entierros no católicos. Dos cuestiones que empezaban a entrar en el pensamiento moderno y que tuvieron su esplendor un siglo más tarde.

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