Coses sorprenents que passen a la barceloneta

La máquina de la Maquinista

En la Maquinista Terrestre y Marítima construyeron la réplica de la locomotora del primer trayecto ferroviario de nuestra historia: Barcelona-Mataró. Tuvieron un ayudante inesperado.

El 21 de agosto de 1848, día de Santa Ciriaca, entró por la bocana del puerto un carguero de tres palos de nombre Milvill que había salido de Liverpool. Los estibadores se encontraron una carga de grandes cilindros metálicos, planchas de color verde y otros hierros de diferentes formas, algunos redondos como ruedas de carro. Las fueron depositando en el muelle y, tendidos a tierra, parecían las piezas de un enorme mecano. 

Uno decía que aquello eran las partes por una canalización del Rec Condal. Otro gritaba que debía de ser material para levantar una pequeña fábrica porque había una chimenea. Pasaron horas estrujándose el cerebro. Finalmente, se presentó en el muelle un chico con los ojos muy azules que no levantaba cinco palmos del suelo. El que aquellos tochos no habían sabido ver en dos horas, él lo vio en cinco segundos: “Es un tren!” 

Todos empezaron a reírse: “Niño, en Cataluña ni en España no hay trenes!” Llegó entonces el jefe de la capitanía del puerto y todos le dejaron sitio. “Esta será la locomotora que empujará primer tren de este país”, los dijo.
Las piezas se acoplaron y a aquella máquina de tren le pusieron de nombre la Mataró. La nueva línea ferroviaria Barcelona-Mataró se estrenó el 28 de octubre de 1948 con presencia de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, del Capitán General al obispo. La robusta Mataró transportó a 400 pasajeros en la capital del Maresme en 36 minutos. Llegaron a las 11.45. 

La gente acogió con entusiasmo este nuevo medio de transporte, más cómodo, rápido y fiable que las tartanas. La tecnología de las máquinas de tren se desarrolló deprisa, veinte años después, la Mataró ya era vieja.

La retiraron de la circulación y la dejaron como máquina auxiliar para tareas de remolque en el depósito de la estación. Unos años después, quisieron darle el valor histórico que merecía y la llevaron a la Exposición Catalana de 1877. Frente a la fachada de la Universitat de Barcelona la levantaron sobre un pedestal altísimo tipo arco de triunfo toda engalanada, pero al bajarla se les cayó al suelo y quedó deterioradda. Quedó descartada por la actividad y la arrinconaron en los talleres del Hoyo con los trastos.

A mediados de los años 1940 se quiso rememorar el histórico hito de la primera línea férrea de España y se reclamó la presencia de la histórica locomotora Mataró que la inauguró. Pero se dieron cuenta que algún cafre lo había hecho desguazar décadas atrás. Las autoridades, ávidas de celebrar algo después de la tragedia de la guerra que ellos mismos habían provocado, mandaron construir una réplica a la Maquinista Terrestre y Marítima de la Barceloneta. 

Pero no era tan fácil. Solo había unos dibujos de un alumno de ingeniería del curso 1875-1876. Faltaban detalles y, sobre todo, faltaba el vigor que decían que irradiaba la Mataró. La réplica estaba resultando insípida y vulgar. El jefe de talleres estaba desesperado porque habría muchos mirando esta réplica con lupa. Fue la mujer que se encargaba de llevar bocadillos al turno por la noche la que le dijo que ella conocía a un vecino del barrio que conocía esta máquina de memoria. 

Cuando el encargado de talleres vio entrar en silla de ruedas a quien le tenía que detallar los secretos de la locomotora y que tenía 104 años, empezó a gritar palabrotas de aquellas que hacen temblar el cielo. Pero el hombre lo acalló con la fuerza de su mirada: era grande pero tenía los ojos jóvenes y muy azules. Era el niño que vio llegar la Mataró en el barco de Liverpool aquel verano lejano y durante años, cada tarde al salir de la academia iba a verla entrar al muelle de la estación. Le dio al jefe de taller todos los detalles, corrigió los errores y la réplica salió de la Maquinista como si fuera la misma Mataró. 

La celebración del centenario del primer viaje ferroviario fue una de las pocas alegrías de aquellos años oscuros de posguerra. Eso sí, las autoridades, después de dar los discursos y enaltecer el valor a aquella máquina de tren que inauguró una nueva era, volvieron a abandonarla. Acabó en un rincón olvidado del Parque de la Ciutadella oxidándose con el meado de los gatos. Por suerte, se la rescataron a tiempo de su decadencia los amantes de los trenes y actualmente, restaurada y en funcionamiento, la hija de la Mataró sigue poniendo en marcha la caldera una vez en el mes en el Museo del Ferrocarril de Vilanova i la Geltrú. 

Esta historia té una cosa muy sorprendente: en aquel viaje inaugural Barcelona-Mataró de 1848 la vieja locomotora tardó 36 minutos al hacer el trayecto. Doscientos años después, en la era del GPS y los proyectos de viaje en Marte, la RENFE continúa tardando el mismo, si hay suerte. Pero le llamamos progreso.

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