Habló maravillas de Barcelona y la dio a conocer en todo el mundo, pero la ciudad le ha olvidado.
Cervantes estuvo en Barcelona dos veces y en ambas fue crucial la playa y el puerto. La primera a, en 1569, vino para viajar, pero no de vacaciones, que siempre tenía los bolsillos acortados. Vino aquí huyendo, porque colgaba sobre él una orden que mandaba capturarlo por haber herido a un maestro de obras en un duelo, en una época en la que estaban prohibidos. Se dictó una condena cuyo castigo era cortarle una mano. Así que vino a Barcelona por agafar un barco hacia Italia y darse la vuelta. Sus méritos como a esforzado soldado, que le dejarían la mano izquierda inútil a la Batalla de Lepanto , le valdrían el indulto, pero su vida fue de tropiezo en tropiezo.
Iba enlazando un mal trabajo con otro peor y con su prestigio literario por el suelo. Los intelectuales finolis de la época, con Lope de Vega a la cabeza, lo infravaloraban. El impulso de Don Quijote le dio a la gente de la calle, en las fondas donde uno que sabía leer leía en voz alta y los demás escuchaban mientras se zampaban la manduca. Del dinero de sus libros le llegó poco y menos ,y debía vivir de la caridad de los mecenas, a los que debía dedicar los libros con mucha alabanza para poder comer caliente.
En una mala época, una de tantas, fue a pedirle una ocupación al Conde de Lemos , que paraba en Barcelona pera esperar el barco en Nápoles, donde lo habían nombrado virrey. Así fue como llegó a nuestra casa Cervantes en Junio de 1610. Le gustó mucho ciudad. Le fascinó la fiesta de San Juan, le impresionó ver el fuego y el desenfreno que se montaba en esta playa fuera de las murallas ,donde las ordenanzas de la ciudad se las llevaba el Garbí.
El conde ni llegó a recibirle y uno de sus ayudantes se lo quitó de encima como si asustara moscas. Al parecer, aquellos días se alojaba en un edificio que todavía existe, al número 2 del Paseo de Colón, desde donde podía ver el puerto y el mar. Y cuando tiempo después se sentó a escribir el fin de su novela, ly vinieron a la cabeza aquellos paseos por aquellas barracas de pescadores, artesanos y vividores ,y concluyó en esta playa las aventuras de Don Quijote de la Mancha, luz de la caballería errante, gloria de los siglos, refugio de desamparados, alucinado entre los alucinados.
Don Quijote choca en la playa con un contrincante de su oficio. El caballero de la Blanca Luna, así dice que se llama, le retó a un combate que, naturalmente, acepta. Pero el de la Blanca Luna, más fuerte y con un caballo más poderoso, le atropella y le hace caer del Rocinante de modo tan estrepitoso que ,si el suelo no fuera de arena ,seguramente no volvía ya a levantarse hasta el juicio eterno. El de la Blanca Luna, como vencedor del día, le ordena volver a su casa. Don Quijote, muy digno, lo acata y deja las armas. Nunca sabrá que este caballero de la Blanca Luna no es otro que su vecino, el bachiller Sansón Carrasco que ,con esta artimaña ,trata de traer de vuelta a casa eal señor Alonso Quijano ,porque a sus aventuras ,en vez de gloria ,lo que consigue son palos. Esta playa vio el último combate de Don Quijote.
Cervantes habla así de Barcelona: «archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en lugar y en belleza, única». Pero Barcelona es caprichosa y olvidadiza, buena si el bolso suena, y en Cervantes, que murió pobre de solemnidad, l’ han olvidado. La ciudad le ha dedicado una calle minúscula, un callejón que da a la calle Avinyó, y un jardín lejos del centro, junto a la Ronda de Dalt. No sorprende en esta Barcelona ,que ha convertido a la ciudad en un negocio ,que la casa del siglo XVI situada en el número 2 del Paseo de Colón, en lugar de un centro de interpretación de Cervantes, lo único que hay abierto al público es un súper para turistas con un letrero cutre . Una modestísima placa pequeña posada al lado , no por el Ayuntamiento ,sino por una asociación ciudadana, dice bajito, por no molestar: «en recuerdo de la estancia en esta casa del autor de Don Quijote». Si el señor Alonso Quijano levantara la cabeza le diría a Sancho que ese olvido de Barcelona es cosa de algún hechizo de brujos de esos que convertían gigantes en molinos.









